Fueron, tus ojos, un mar fosforescente;
te pintaron las mejillas sonrojadas;
te mutilaron las sonrisa con golpes
violentados en espasmos de navajas.
Rompiste en un pleamar inconsolado,
roompiéndote los labios a puñaladas
de cuchillos hilvanados ferozmente
en hilachos de tristeza nacarada.
Fuiste, poco a poco, de mis versos mágicos,
fluyendo en un charco de saladas lágrimas.
Fuiste pronunciando tus arrugas leves
mientras tu pupila entera se hacía agua.
No te preocupes por nada:
el ave Fénix volverá
para secar tu serpentina dorada
cuando me narcotice trémulo
bebiéndome lo salobre de tus lágrimas.
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